jueves, abril 24, 2008

El ritmo de las cosas. Se trata de una sensación extraña, contradictoria. Me siento hiperactivo durante todo el día; agoto mis posibilidades; exploto mis recursos. Sin embargo, llega la noche y se apodera de mí la pereza. Me entrego al dulce vagar por tareas inútiles, insustanciales, la banalidad de los minutos que se pierden en un pestañeo.
Me remuerde levemente la conciencia pensar que podría aprovechar mi tiempo en grandes empresas para las que estoy capacitado. Que podría llevar a cabo mil proyectos atractivos. Ideas que llevan tiempo ocupando la bandeja de tareas pendientes.
Pero aquí me quedo, viendo pasar las horas, abandonado a la molicie de los desocupados. Y una parte de mí se siente feliz por este pequeño placer, por este perezoso pecado.

miércoles, abril 09, 2008

Mis últimos minutos del día están siempre ligados a las palabras. Leer, escribir, repasar líneas con la mirada o con la mano, crear o recrear.
No recuerdo otros finales de día. Incluso en mis años de calavera. En la mesita de noche siempre ha habido un libro. Y muy cerca una libreta. Ahora es el teclado del ordenador, sobre todo.
Dormirse acunado por las palabras es un gran consuelo ante la realidad cotidiana. Cada palabra abre un mundo en el que perderse, en el que encontrarse.
Muchas noches llego agotado al dormitorio. Me tumbo y apago la luz, pero me consume el remordimiento, la infidelidad a esas páginas que esperan ser leídas o escritas. Enciendo de nuevo la lamparilla. Leo, escribo... y descanso.

domingo, marzo 23, 2008

En el revés de la comodidad hay un submundo que bulle
con su rencor nunca satisfecho y su vida al límite.

Es una realidad paralela y vergonzante que encaja en los goznes del bienestar
con la amenaza de cerrarse y pillarnos los dedos.

Puedo verlos felices en su ignorancia que es sigilo,
en su inconsciente preparación de una nueva era,
el siglo de Némesis, la diosa justiciera.

Mientras otros tapan
sus ojos
o les cierran
sus bocas,
hay quien llora por ellos,
desolado,
aturdido,
con vana esperanza de aplacar aquella venganza
que se cierne sin que nadie lo sepa;
ni ejecutores ni ejecutados, nadie lo sabe,
porque siempre es mejor apagar la luz y pensar que nadie atravesará la puerta .

Y soñar que seguimos siendo los únicos seres de este mundo.

lunes, marzo 17, 2008

De pequeño pasaba horas escondido dentro de los armarios o debajo de las camas. Había un ropero enorme en el pasillo. Tenía varias baldas de madera que me servían de escalera para llegar a una especie de altillo en el que simulaba ser tripulante de una nave espacial o maquinista de tren.
Debajo de la cama, con aquellos somieres llenos de hierros retorcidos, pulsaba los botones que me propulsaban a la estratosfera. Otras veces, desplegaba a medias el sofá-cama y lo convertía en un vehículo impresionante.
He pasado mucho tiempo jugando solo en mi infancia. Creo que en esas horas eternas conmigo mismo se ha gestado esta entrega a los placeres solitarios, al monólogo, a la conversación sin respuesta. A estas alturas de la vida, sigo pareciéndome a aquel niño. Sigo jugando a pilotar enormes máquinas desde un rincón solitario. A estas alturas, aún sigo pensando qué voy a ser de mayor. Y sigo dejando pasar las horas desde este altillo...

sábado, febrero 23, 2008


Cerca ya de cumplir los cuarenta, miro hacia atrás y creo que he conseguido buena parte de las cosas que había soñado lograr. Tal vez necesite un cambio que dé sentido a mis próximos cuarenta...

miércoles, febrero 13, 2008

Siempre bajo los focos,
envuelto en la turbia
suciedad
de las miradas de otros.

Las horas se alargan,
agonía,
estirando las pupilas
sobre mi piel,
untando de ojos
cada uno de mis segundos.

En estos días
en que la voz,
mi voz,
salpica de palabras el mundo,
en un duelo entre voz y miradas,
sueño con un paraíso de silencio,
sueño con la cámara oscura
en la que ningún ojo
me escrute,
me profane.

Y mañana, los ojos,
otros ojos,
los mismos,
qué más da.

lunes, enero 28, 2008

Encontramos en el Lazarillo de Tormes este Tratado IV que reproduzco completo:
Hube de buscar el cuarto [amo], y éste fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente. Gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar, tanto que pienso que rompía él más zapatos que todo el convento. Éste me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida; mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto, y por otras cosillas que no digo, salí de él.
En una obra que encandila por sus detalles, ese silencio de Lázaro y la propia brevedad del capítulo hacen pensar en la magnitud de lo que se oculta. En la literatura, como en la vida, siempre vemos la punta del iceberg. De ahí que los malos escritores se empeñan en vano mostrando el bloque completo, cuando el buen lector sólo exige lo preciso, el indicio mínimo que le sirva para seguir leyendo, para seguir soñando.
Numerosas son las obras que usan de ese principio de economía narrativa: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, sería el paradigma de todas ellas. Pero, a la vez, cada vez son más difíciles de hallar en unos tiempos caracterizados por la desmesura en todos los niveles.

Imagen original: www.flickr.com/photos/41894166582@N01/8511218
Afortunadamente, me he topado con una novela que cumple con esos requisitos. Se trata de La carretera, de Cormac MacCarthy. Es una novela que me ha recordado las palabras finales de El corazón de las tinieblas de Conrad: ¡El horror!
Porque ese sentimiento nos acompaña en su lectura, breve pero intensa, cargada de un miedo indescriptible a la última página. Sin ser una novela de terror, lo induce; sin ser una novela filosófica, se proyecta en múltiples reflexiones; sin ser sentimental, descubrimos pulsiones básicas del amor filial.
Y lo mejor, los silencios; ese vacío narrativo que el lector debe llenar. Un vacío que, a medida que se va llenando, el lector preferiría no haber conocido. Porque en ese horror participamos todos.
No perdáis la oportunidad de leerla.

miércoles, enero 02, 2008

Decía una canción de aquellos punkis de época: "A cuenta de prometer / el reino de los cielos / algunos vivillos / lo que están haciendo: / es su propio cielo particular / en la tierra; / compre un pedazo de cielo / pagando la cuota mensual".
Viendo las manifestaciones de estos días, parece que ya no están dispuestos a depender ni tan siquiera de esa cuota mensual, pues quieren pasarnos factura a todos. Atacan a la democracia (dicen que vamos camino del caos) para defender a la familia cristiana. Ellos son unos señores y señoras que forman una secta de solteros empedernidos que santifican la virginidad, así pues apoyan a la familia pero no para tenerla ellos, qué curioso dilema. Les acompañan otros tantos que despotrican contra el divorcio exprés, ellos que siempre lo han podido disfrutar sin prisas (previo pago a la susodicha secta). Y todos contra los homosexuales, contra las madres solteras, contra los distintos, y contra las que abortan, aunque lo hagan bajo una ley que no derogaron quienes sujetan las pancartas (por lo visto, vale la pena que nazcan seres a mogollón aunque sea para vivir hacinados en favelas o masacrados en sus guerras).
En fin, que he visto las imágenes y me he puesto de mala uva. Y se me viene a la mente la figura de Jesucristo frente a los fariseos, un Jesucristo que, si ha existido alguna vez, hoy estaría frente a ellos soportando sus insultos.

viernes, diciembre 28, 2007

Cada final de año hago balance de lo que he leído, de ese pequeño monstruo que crece en mí a ritmo inexorable. Tengo anotadas mis lecturas y observo la evolución de mis hábitos como Mendel observaba sus guisantes.
He llegado a varias conclusiones, aunque algunas prefiero rumiarlas y darles forma con serenidad. Sin embargo, es ya un hecho que me estoy haciendo un sibarita de los libros. Y digo de los libros y no de la lectura porque sigo leyendo de todo, lo que ocurre es que ya no compro libros como antes. Quizá estoy dominando el deseo compulsivo de acumular libros, de almacenar tomos comprados sin ton ni son en librerías de viejo, en rastrillos, en la cuesta Moyano.
En mis estadísticas veo que compro muchos, muchos menos libros. De igual modo, al comprar menos, no me importa pagar a precio de novedad. Fíjate, yo que siempre he vivido de libros de bolsillo...
Y ahora, me da un poco de miedo que esa evolución me lleve hacia libros caros, rarezas, joyas bibliográficas. Tal vez acabe convertido en un maníaco coleccionista que asesina a viejos libreros para apoderarse del Necronomicón, o de la Comedia de Aristóteles. Mientras tanto, seguiré leyendo un rato para aplacar a ese monstruo insaciable que crece y crece en mi interior.

sábado, diciembre 01, 2007

Hay cierto placer oculto en pasear a solas por la ciudad. Con ese ritmo tranquilo, casi sospechoso. Caminar sin rumbo. Contarte historias en silencio. Detenerte en una esquina sin saber qué camino tomar. Confieso que alguna vez he tenido que disimular, hacer como que esperaba a alguien, mirando el reloj, con cara de extrañeza. Era joven y me preocupaba lo que pensaban los demás. Ya me da igual. Ahora, me compensa el placer de vagabundear por las calles solitarias cuando la ciudad está en sus casas, frente a la cena, en el sofá. Sentir el golpe de viento frío al torcer la esquina. Oír mis pasos repetidos. Y cuando regreso a casa, vuelvo con la sensación del adúltero, con la leve culpa de un engaño que nunca lo fue. Y con la memoria llena de conversaciones conmigo mismo.

Imagen original: www.flickr.com/photos/17513020@N00/555750344

domingo, noviembre 25, 2007

Sé que hay lugares que no visitaré jamás, gentes que no conoceré, vidas que nunca compartiré. Lo he sabido siempre y esa sensación me ha acompañado desde pequeño. He aprendido a convivir con la duda eterna de si esta vida que vivo es la que me tocaba vivir. Con la Duda. Y, al pasar los años, lejos de asimilar esa limitación humana, esa certeza de lo efímero de mis días, me abruma cada vez más la imposibilidad de abarcar el universo y hacerlo mío.
Hay noches en las que sueño que vuelo. Qué original. Y aprovecho para viajar por ese mundo inabarcable, mientras el sueño se convierte en el aleph, en ese agujero infinito que contiene la totalidad de lo conocido y lo ignoto. El despertar se convierte en una frustración, pues siempre me quedo al borde de ese abismo final, justo donde empieza a saciarse el ansia de plenitud.
Ya sereno, en la vigilia, me entrego a la lectura para vivir las vidas que nunca compartiré, para conocer a las gentes que nunca conocí y para visitar aquellos lugares que nunca visitaré. ¿O sí?

Imagen original: www.flickr.com/photos/28442702@N00/143762891

miércoles, noviembre 14, 2007

Leo
compulsivo,
sin mesura,
a través de los días,
a través de los semáforos,
en el envés de las hojas.

Y de repente,
un suspiro,
y se apaga
la voracidad de ese gusano
que te despierta a mitad de sueño
y te pide renglones de tu vida.

Puede pasar un día,
que antes parecía una eternidad,
o una semana o un mes,
sin leer,
sin leer,
sin leer...

Sin leer lo que quiero
porque me alimento de renglones de prosa,
demasiada prosa de pantalla,
con lágrimas catódicas
puestos los ojos en ojos ajenos.

No leer es pasajero,
porque, si no lo fuese,
...
...

lunes, octubre 29, 2007

Se hincha tu ego como el aire de un globo, repleto de nada. Resuena en tu mente, mientras creces, el campanilleo de la alegría, como cuando escuchabas aquellos 99 globos rojos de la canción. Asciendes entre la admiración de los domingueros, de los paseantes, de los hombres de campo que caminan despaciosos. Y, cuando tocas el techo, te quedas ahí, con una sonrisa estúpida mirando a la multitud, creyendo de verdad que quieren ser como tú, estar donde tú estás, sentirse altos y libres, cuando sólo quieren mirar hacia arriba por huir del suelo, sin importarles quién diablos eres.
Acabada la fiesta, recogen sus picnics y te quedas allí solo, deshinchándote a un ritmo insoportablemente moroso, descendiendo una pulgada por día, cuando querrías bajar de golpe y quedar a dos metros bajo tierra, oculto a las impúdicas miradas de la plebe.
Pero eres insaciable y sabes que volverás una y otra vez a conocer las nubes; volverás domingo a domingo, verano a verano, a hincharte a llenarte de un pedazo de nada que para ti es todo. Aunque alcen sus miradas hueras, habrás descubierto que sólo tiene sentido subir cuando existe la necesidad de bajar, que sólo conocen el placer de la plenitud quienes alguna vez sufrieron el vacío, que sólo el otoño da sentido a la primavera.


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sábado, septiembre 29, 2007

La palabra persona viene del latín persona, máscara usada por un personaje teatral (a partir del griego προς, delante y ωπος, cara).
Lidio en la vida social en pocas ocasiones, pero, como persona, me coloco esa máscara que me define y oculta a la vez. Sé que soy distinto en función de quienes me acompañan. He descubierto que la madurez consiste en eso, en saber ponerse la máscara adecuada, en participar en una farsa en la que los papeles están definidos de antemano. Salgo a una función de la que desconozco el argumento, en la que incluso puedo ser la víctima al doblar la esquina.
La palabra persona nos define como máscaras, pues sólo las personas somos capaces de fingir la vida, sólo unos seres como nosotros somos capaces de convertirnos en personajes distintos y seguir siendo los mismos por dentro, seguir siendo unos completos desconocidos para quienes nos rodean, como actores de escena, como auténticos mentirosos.

Crédito de la imagen: www.flickr.com/photos/88864835@N00/34214919

lunes, agosto 27, 2007

Para escribir algo sensato, tengo que estrangular al filólogo que llevo dentro.
La lógica es aviesa camisa de fuerza y te constriñe hasta hacerte escribir frases como la que acabas de leer.
Mis mejores sentencias obedecen al impulso ciego de lo errante:
'Escribir es caminar sin rumbo hacia la esquina inferior derecha del papel'.

Imagen: www.flickr.com/photos/25747229@N00/271261115

martes, julio 24, 2007

Hay personajes de novela que configuran auténticos arquetipos universales. Don Juan, Emma Bovary, Raskolnikov, don Quijote...
La primera novela de Luis Landero fue Juegos de la edad tardía. La leí prácticamente al comienzo de mi carrera como filólogo, lo que la convirtió en una especie de acto fundacional. Es una novela sobre el acto de escribir, pero también sobre la realidad y la ficción, una novela llena de personajes herederos de Cervantes, una magnífica novela.
He leído después todas las novelas que ha ido publicando Landero a lo largo de los años. No han sido muchas, es verdad, ni tan buenas creo como la primera, aunque todas tienen ese toque cervantino que las hace apreciables.
Y también en todas ellas aparecen unos personajes con dobleces y llenos de humo. En la última de ellas, Hoy, Júpiter, que se acaba de publicar, se entrecruzan las historias de dos personajes marcados por la obsesión de un futuro que nunca llega, cada cual con su meta particular, tan distinta, tan parecida, como en la vida misma. Y un fondo de personajes secundarios también de retablo cervantino, máscaras, ficciones, engaños y humo, mucho humo.
Ha sido una novela extraña, un poco lenta y, a veces, sobredimensionada. Sin embargo, me parece que Landero ha reencontrado con acierto aquel camino que emprendió hace años. Y vuelve no sólo a Cervantes, sino a Calderón, a Góngora, a Quevedo, al humo, la sombra, la nada.

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sábado, julio 14, 2007

Los veranos tienen algo de suicida. He terminado de leer Tokio blues (Norwegian wood) de Haruki Murakami, una novela sobre la que planea siempre un suicidio. Me ha gustado el ambiente, la banda sonora, las sensaciones que casi se palpan entre sus líneas, todo ese erotismo mórbido e ingenuo a la vez.
En cuanto al suicidio, cualquier adolescente tiene derecho a pensar alguna vez en ello. Es necesario reflexionar sobre nuestro propio poder como bestias humanas, sobre el alcance de nuestros actos extremos. Al entender esa posibilidad de aniquilación del yo, facilitamos la configuración de nuestra identidad como adultos. Quizá los suicidas no sean más que adultos que, por no poder regresar a su adolescencia incompleta, acaban ejerciendo su desmedido poder.
Y Tokio blues satisface ese regreso a la adolescencia, pues es una novela de aprendizaje, como una Bildungsroman a la antigua usanza. Pero también es una novela sobria y morosa, con el ritmo preciso para deleitarse en las palabras medidas del personaje. Y, para mayor satisfacción, es una novela intertextual, llena de guiños al lector y al oyente de libros y música de los últimos treinta años.
Y mientras uno lee, no para de pensar en lo solos que se quedan los muertos, siempre con sus eternos dieciocho o veinte años, siempre.

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viernes, junio 08, 2007

No es justo que tenga abandonado este blog durante tanto tiempo. Por eso, me he ido a FlickrCC dispuesto a bajarme la primera imagen que saliera al azar e improvisar sobre la palabra que le dio origen.
¡Qué casualidad! LOVE. Vaya...
Hoy mismo me habían preguntado cuántas veces me había enamorado en mi vida, y apenas sabría certificar más de dos o tres ocasiones en que pudiese estar hablando de amor, amor. Y aun así, es tan distinto el amor con el paso del tiempo...
Hace un montón de años leí 'El arte de amar', de Erich Fromm. Seguramente, pocos enamorados a lo romántico aceptarían las tesis del autor, que viene a decir que amar es un acto de voluntad, justo lo contrario de esa idea sutil del amor como sentimiento irrefrenable y cautivador del que no se puede escapar. Para amar hay que esforzarse; lo otro es capricho, deseo, o cualquier otra cosa.
No sé si vosotros os esforzáis por amar. Vivimos en unos tiempos en los que esta cultura de lo fácil no fomenta esa visión abnegada del amor como acto volitivo. Tampoco sé si vale la pena nadar contra corriente y exigir a las meninges lo que niega el corazón (ya he caído en el topicazo...). Por otro lado, es tan tentadora la teoría del flechazo, que pocos se atreven a discutirla abiertamente, y menos si son sufridores de monótonas vidas en común.
El amor, el amor; tan poderoso como para alterar el azar y presentarse en forma de imagen en una noche en la que a alguien le apetece escribir y no sabe de qué.

Crédito de la imagen: www.flickr.com/photos/31751386@N00/7760134

jueves, mayo 10, 2007

Empecé a escribir este blog hace casi cuatro años. Fue flor de la curiosidad y en él se colaban ilusiones y alguna que otra rabieta. Por entonces, pocos sabíamos para qué servía un blog; yo aún no lo tengo claro, y quizá por eso sigo escribiendo en él.
Luego, justo en el boom de los blogs, multipliqué mi presencia bloguera ya con fines profesionales. Sacrificaba este rinconcito para las cuitas personales, mientras mimaba mi vertiente pública.
El caso es que, ahora, tengo dos personalidades escindidas: la pública y la menos pública, que luchan por mezclarse. En ocasiones visito en la red a algunos amigos que también son compañeros de oficio y no sé si debo entrar en sus dominios con mi cara personal o con mi cara profesional.
Ya sé que no soy el único que sufre esta dolencia del doble-usuario, pero, en la medida que crecen mis favoritos, la esquizofrenia es mayor. Y la tendencia a crear nuevas personalidades, nuevos usuarios para nuevos usos, me empieza a provocar urticaria.
¿En cuántos segmentos puede un individuo parcelar su identidad sin riesgo para su integridad? Doctor, ¿debo seguir dividiéndome cuál lúbrica ameba o mejor me reconstituyo en un único ser como el malo de azogue de Terminator?

jueves, abril 05, 2007

Libros, libros, libros, libros...
El tercer policía, de Flann O'Brien, sorprendente, distinto, con engaños, con cierta burla de los críticos serios, si los hay, una vuelta de tuerca a la narración convencional.
Estambul, de Orhan Pamuk, me descubre una ciudad desconocida, llena de sabores, a la altura del universo literario tejido alrededor de Nueva York o París, pero a la turca, y que entronca con mis lecturas de Galdós y Baroja.
El profesor, de Frank McCourt, muestra algunas de las experiencias que vivo a diario, satisface la curiosidad morbosa de ver a los otros en el trance docente y, sobre todo, ratifica algunas de las premisas educativas que pocas veces me atrevo a compartir con mis colegas.
Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago, metaliteratura, metanarración, metáforas de la escritura al modo de muñecas rusas, con personajes-símbolo que se escriben y se fingen a sí mismos (creo que Frank, el dueño del bar, constituye el mayor logro narrativo de la novela, con esa labor de director de orquesta, de demiurgo sin saberse tal).

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