Viendo hoytodas aquellas decisiones equivocadas que tomé;
viendo cómo me condujeron
donde estoy;
viendo qué hicieron de mí...
quisiera seguir equivocándome
a la hora de decidir.
Ideas sobre literatura y vida
Las melodías del recuerdo acuden en días de memoria y olvidos para señalarnos quiénes fuimos, de dónde venimos y, quizá, el lugar al que debemos volver.
Vivo a menudo la impresión de avanzar siempre a contracorriente (o retroceder mientras los demás avanzan, según se mire). Sé que el mundo no puede estar equivocado, pero compruebo que aquellos a quienes admiro también siguen mi rumbo desordenado. En la lucha de la razón, las mayorías se imponen a la lógica, quizá porque en ese pensamiento sistemático de las masas todos se encuentran cómodos, arrastrados por una especie de rebufo indolente.
Letanías de dolor. Exaltación de la sangre. Llagas que supuran un vaho de podredumbre bajo el calor de las cámaras. Todo un cuerpo místico entregado al delirio de saetas y vino.
Detrás de cada decisión, detrás de cada acto relevante de la vida, se esconde una curva sin visibilidad. El futuro no es más que un banco de niebla permanentemente instalado al girar la esquina de los días. Los ojos no alcanzan más allá de aquello que palpan las manos.
Un día vas a lavarte los dientes y descubres que un señor extraño te mira desde el espejo. Tratas de encontrar un gesto, el brillo de una mirada cómplice, pero no hay ya nada en ese rostro que te recuerde quién fuiste.
Nada importa.
Salieron a mi encuentro hace poco, desde los rincones del recuerdo, algunas caras de las que me enamoré cuando apenas era un imberbe.
Tengo ganas de cabrearme con esta maldita gentuza que gobierna el mundo desarrollado, con estos asquerosos políticos que durante décadas predican el divino liberalismo y el libre mercado, a costa de sangrar de continuo a los de siempre, repartiendo migajas (esta entumecida vida de pequeños burgueses que acabamos creyéndonos), mientras ellos juegan a los millones, al poder sin límites.
Siempre acompañándome esa inquietante sensación de que la vida es demasiado breve y que nunca llegaré a sentirme satisfecho. Tantos lugares y gentes por conocer. Y, sobre todo, tantos libros por leer...
Hay un azar que ajusta cuentas con la humanidad de la manera más cruel. Da igual que se reduzcan los muertos en la carretera: un mal día se lleva por delante cientos de personas que soñaban en sus asientos con un feliz verano. Y se acabó. Todo lo arrasa un fallo humano, un error mecánico, una distracción, tres tragos de más; todo, lo vivido y lo que queda por vivir. Miras a tu lado y ves a esas personas que no conoces de nada, a tu mujer, a tus amigos, a tus hijos, a esa chica tan mona, la azafata haciendo gestos mecánicos con los brazos, tu compañero de asiento ojeando la revista que acaba de comprar, el niño que busca los mandos de los auriculares... y, de repente, nada, la nada.
Hay quien gobierna,
Pasé la tarde leyendo mis cartas y reflexiones de hace años. No me reconocía en aquellas líneas. El tiempo había roto todo lo que en ellas se exaltaba, las dichas y las cuitas. Estaba leyendo los desvaríos de un extraño, de otro que no era yo.
Cada vez que callas,
Ahí está la realidad, esa materia dura y firme con la que topas todo el día. Ahí está, roma y mordida. Tienes que escribir tus horas con ella. Tienes que dejar el trazo en la historia, el sendero de tus días negro sobre blanco. Afila minuto a minuto la realidad. Saca punta a todo lo que encuentres, a esos instantes zafios, vacíos. Clava el carboncillo de tu imaginación en el libro de horas. Deja tras de ti un rastro difuso de polvo añejo, un reguero de virutas perdidas en la memoria de lo inútil, de lo mediocre. Tienes por delante un papel infinito para llenar con el rasgueo de tu mano, de tu mente. No dejes que la vida quede despuntada. A golpe de navaja, afila tu arma. No busques el lápiz: eres tú.
El ritmo de las cosas. Se trata de una sensación extraña, contradictoria. Me siento hiperactivo durante todo el día; agoto mis posibilidades; exploto mis recursos. Sin embargo, llega la noche y se apodera de mí la pereza. Me entrego al dulce vagar por tareas inútiles, insustanciales, la banalidad de los minutos que se pierden en un pestañeo.
Mis últimos minutos del día están siempre ligados a las palabras. Leer, escribir, repasar líneas con la mirada o con la mano, crear o recrear.