Siempre acompañándome esa inquietante sensación de que la vida es demasiado breve y que nunca llegaré a sentirme satisfecho. Tantos lugares y gentes por conocer. Y, sobre todo, tantos libros por leer...Imagen: http://www.sxc.hu/photo/983446
Ideas sobre literatura y vida
Siempre acompañándome esa inquietante sensación de que la vida es demasiado breve y que nunca llegaré a sentirme satisfecho. Tantos lugares y gentes por conocer. Y, sobre todo, tantos libros por leer...
Hay un azar que ajusta cuentas con la humanidad de la manera más cruel. Da igual que se reduzcan los muertos en la carretera: un mal día se lleva por delante cientos de personas que soñaban en sus asientos con un feliz verano. Y se acabó. Todo lo arrasa un fallo humano, un error mecánico, una distracción, tres tragos de más; todo, lo vivido y lo que queda por vivir. Miras a tu lado y ves a esas personas que no conoces de nada, a tu mujer, a tus amigos, a tus hijos, a esa chica tan mona, la azafata haciendo gestos mecánicos con los brazos, tu compañero de asiento ojeando la revista que acaba de comprar, el niño que busca los mandos de los auriculares... y, de repente, nada, la nada.
Hay quien gobierna,
Pasé la tarde leyendo mis cartas y reflexiones de hace años. No me reconocía en aquellas líneas. El tiempo había roto todo lo que en ellas se exaltaba, las dichas y las cuitas. Estaba leyendo los desvaríos de un extraño, de otro que no era yo.
Cada vez que callas,
Ahí está la realidad, esa materia dura y firme con la que topas todo el día. Ahí está, roma y mordida. Tienes que escribir tus horas con ella. Tienes que dejar el trazo en la historia, el sendero de tus días negro sobre blanco. Afila minuto a minuto la realidad. Saca punta a todo lo que encuentres, a esos instantes zafios, vacíos. Clava el carboncillo de tu imaginación en el libro de horas. Deja tras de ti un rastro difuso de polvo añejo, un reguero de virutas perdidas en la memoria de lo inútil, de lo mediocre. Tienes por delante un papel infinito para llenar con el rasgueo de tu mano, de tu mente. No dejes que la vida quede despuntada. A golpe de navaja, afila tu arma. No busques el lápiz: eres tú.
El ritmo de las cosas. Se trata de una sensación extraña, contradictoria. Me siento hiperactivo durante todo el día; agoto mis posibilidades; exploto mis recursos. Sin embargo, llega la noche y se apodera de mí la pereza. Me entrego al dulce vagar por tareas inútiles, insustanciales, la banalidad de los minutos que se pierden en un pestañeo.
Mis últimos minutos del día están siempre ligados a las palabras. Leer, escribir, repasar líneas con la mirada o con la mano, crear o recrear.
Siempre bajo los focos,Hube de buscar el cuarto [amo], y éste fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente. Gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar, tanto que pienso que rompía él más zapatos que todo el convento. Éste me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida; mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto, y por otras cosillas que no digo, salí de él.En una obra que encandila por sus detalles, ese silencio de Lázaro y la propia brevedad del capítulo hacen pensar en la magnitud de lo que se oculta. En la literatura, como en la vida, siempre vemos la punta del iceberg. De ahí que los malos escritores se empeñan en vano mostrando el bloque completo, cuando el buen lector sólo exige lo preciso, el indicio mínimo que le sirva para seguir leyendo, para seguir soñando.
Decía una canción de aquellos punkis de época: "A cuenta de prometer / el reino de los cielos / algunos vivillos / lo que están haciendo: / es su propio cielo particular / en la tierra; / compre un pedazo de cielo / pagando la cuota mensual".
Cada final de año hago balance de lo que he leído, de ese pequeño monstruo que crece en mí a ritmo inexorable. Tengo anotadas mis lecturas y observo la evolución de mis hábitos como Mendel observaba sus guisantes.
Hay cierto placer oculto en pasear a solas por la ciudad. Con ese ritmo tranquilo, casi sospechoso. Caminar sin rumbo. Contarte historias en silencio. Detenerte en una esquina sin saber qué camino tomar. Confieso que alguna vez he tenido que disimular, hacer como que esperaba a alguien, mirando el reloj, con cara de extrañeza. Era joven y me preocupaba lo que pensaban los demás. Ya me da igual. Ahora, me compensa el placer de vagabundear por las calles solitarias cuando la ciudad está en sus casas, frente a la cena, en el sofá. Sentir el golpe de viento frío al torcer la esquina. Oír mis pasos repetidos. Y cuando regreso a casa, vuelvo con la sensación del adúltero, con la leve culpa de un engaño que nunca lo fue. Y con la memoria llena de conversaciones conmigo mismo.
Sé que hay lugares que no visitaré jamás, gentes que no conoceré, vidas que nunca compartiré. Lo he sabido siempre y esa sensación me ha acompañado desde pequeño. He aprendido a convivir con la duda eterna de si esta vida que vivo es la que me tocaba vivir. Con la Duda. Y, al pasar los años, lejos de asimilar esa limitación humana, esa certeza de lo efímero de mis días, me abruma cada vez más la imposibilidad de abarcar el universo y hacerlo mío.
Se hincha tu ego como el aire de un globo, repleto de nada. Resuena en tu mente, mientras creces, el campanilleo de la alegría, como cuando escuchabas aquellos 99 globos rojos de la canción. Asciendes entre la admiración de los domingueros, de los paseantes, de los hombres de campo que caminan despaciosos. Y, cuando tocas el techo, te quedas ahí, con una sonrisa estúpida mirando a la multitud, creyendo de verdad que quieren ser como tú, estar donde tú estás, sentirse altos y libres, cuando sólo quieren mirar hacia arriba por huir del suelo, sin importarles quién diablos eres.
La palabra persona viene del latín persona, máscara usada por un personaje teatral (a partir del griego προς, delante y ωπος, cara).
Para escribir algo sensato, tengo que estrangular al filólogo que llevo dentro.
Hay personajes de novela que configuran auténticos arquetipos universales. Don Juan, Emma Bovary, Raskolnikov, don Quijote...
Los veranos tienen algo de suicida. He terminado de leer Tokio blues (Norwegian wood) de Haruki Murakami, una novela sobre la que planea siempre un suicidio. Me ha gustado el ambiente, la banda sonora, las sensaciones que casi se palpan entre sus líneas, todo ese erotismo mórbido e ingenuo a la vez.
No es justo que tenga abandonado este blog durante tanto tiempo. Por eso, me he ido a FlickrCC dispuesto a bajarme la primera imagen que saliera al azar e improvisar sobre la palabra que le dio origen.
Libros, libros, libros, libros...
La realidad del mundo se presenta a nuestros ojos múltiple, espinosa, en estratos apretadamente superpuestos. Como una alcachofa.
el ritmo que marca este medio
Viento
Hace una semana me miraba en el mar y no me encontraba. Quizá sólo soy un espejismo. Esta bonanza que vivo no parece real. Puede que esté en la plenitud de mi vida, en ese gozoso momento del que todos hablan cuando llegan a la vejez:
