miércoles, octubre 08, 2008

Salieron a mi encuentro hace poco, desde los rincones del recuerdo, algunas caras de las que me enamoré cuando apenas era un imberbe.
Una de las primeras es Carrie Fisher, la Princesa Leia de la Guerra de las Galaxias. Me hubiese gustado casarme con ella y ser felices para toda la vida en cualquier rincón perdido de la galaxia.
Quizá sustentado por la devoción musical hacia la Electric Light Orchestra (la ELO), también caí rendido ante Olivia Newton John en una de las películas más cursis que recuerdo: Xanadú.

Y ahora, pasados los años, compruebo que es difícil encontrar aquella devoción juvenil hacia las actrices, que por mucho que me esfuerce no hallaré a nadie en quien posar aquella ardorosa mirada, pues la pasión parece depender mucho más del sujeto que siente que del objeto admirado.

2 comentarios:

Talín dijo...

Hola compañero de blog: ese sentimiento es muy común por lo que puedo traslucir de mis mismos recuerdos. No te citaré nombres ni de personajes de cine ni de obras de la literatura de los tiempos de nuestra 'juventud más joven' (sic Machado, D. Antonio)porque muy probablemente seamos de épocas diferentes, empero he constatado que alguna de las novelas que leí, antaño, en una relectura posterior, me han defraudado. Y no hablo de las novelas de los clásicos.

el color del cristal dijo...

Siempre estamos enamorados de la misma persona, no importa quien sea en ese momento, o qué aspecto tenga, siempre es la misma... y creo poder asegurar que esa persona, no existe.

Feliz año 2009 querido amigo :)